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CINE CUBANO CENSURADO 2018-06-19T21:21:27+00:00

Taller #4 “Cine Cubano Censurado en MoMA”

(Febrero 2018)

Curaduría: Tania Bruguera, Dean Luis Reyes

Invitados: Miguel Coyula, Juan Carlos Cremata, Eliécer Jiménez Almeida, Orlando Jiménez Leal.

Programación MoMA

·      PM. Documental. Cuba, 1961, 13 min.

       Director: Orlando Jimenez Leal, Sabá Cabrera Infante)

·      Conducta Impropia. Francia, 1983, 112 min.

       Director: Néstor Almendros, Orlando Jiménez Leal) Documental

·      Seres Extravagantes. Documental. Cuba, 2004, 54 min

                Director: Manuel Zayas

·      Santa y Andrés. Ficción. Cuba-Colombia-Francia, 2016, 105 min

       Director: Carlos Lechuga

·      El tren de la linea norte. Documental. Cuba, 2015, 80 min

                Director: Marcelo Martin

·      Persona. Documental. Cuba-Panama, 2014, 27 min.

       Director: Eliécer Jiménez Almeida

·      Despertar. Documentary. Cuba, 2011, 52 min.

                Director: Ricardo Figueredo, Anthony Bubaire

·      Crematorio I: En fin… el mal. Ficción. Cuba, 2013, 32 min.

·      Mar (L) de fondo. Ficción. Cuba, 2017, 23 min.

       Director: Juan Carlos Cremata

·      Nadie. Documental. Cuba, 2017, 70 min

       Director: Miguel Coyula

Ficha de los directores

Introducción al programa

Breve historia de la censura en el cine cubano

Dean Luis Reyes

 

La censura del cine en Cuba tiene casi un siglo. En 1922, una Comisión de Censura Cinematográfica quedó instituida con un propósito fundamentalmente de vigilancia moral. Según la prensa de la época, sus cinco integrantes reunían suficiente prestigio moral y actuaban con el interés de regular la conducta social, bajo la idea de que la creciente corrupción, violencia y criminalidad en la Cuba de la época eran causadas por el contenido narrativo de los filmes. La potestad de esta Comisión llegaba al punto de poder cancelar una proyección.

No obstante, la censura política tiene su episodio más próximo en el tiempo, relacionado con la represión anticomunista de mediados de la década de 1950. En 1954, dos miembros de la Sociedad Cultural “Nuestro Tiempo”, vinculada al Partido Socialista Popular, realizaron el documental El Mégano. Julio García Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea, quienes acababan de egresar del Centro Sperimentale de Cinematografia de Roma, Italia, refieren en ella las terribles condiciones de vida de una comunidad de carboneros del sur de la provincia de La Habana.

Fuerzas del régimen de Fulgencio Batista, en el poder, confiscaron la única copia del filme y apresaron y torturaron a Espinosa. Curiosamente, tanto esos realizadores como la mayoría de su equipo, que incluyó a  Alfredo Guevara, Jorge Fraga y Jorge Haydú, serían miembros fundadores del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), creado a instancias del nuevo gobierno revolucionario en el poder desde enero de 1959. 

El primer instrumento legal que atendía la cuestión de la censura cinematográfica tomó forma ese mismo año. La ley 589 del 7 de octubre de 1959, denominada “Creación de la Comisión de Estudio y Clasificación de películas cinematográficas y disolución de la Comisión Revisora”, vinculada a la Ley de Creación del Instituto, dejaba instaurado un nuevo mecanismo de evaluación de las películas antes de su exhibición pública en Cuba. A través de ella quedaba sin efecto la anterior Comisión Revisora de Películas y se instauraba este nuevo mecanismo. 

En el séptimo por cuanto de ese texto, se dice: “En riguroso acatamiento al artículo 47 de la Ley Fundamental de la República que declara interés del Estado la cultura en todas sus manifestaciones y libres la expresión artística, y la publicación de sus resultados, se hace necesario proveer para que tal regulación y clasificación no se convierta en un aparato de coacción o de censura que deforme la obra de arte, la haga inaccesible al público y rebaje las posibilidades de información y los derechos reales de nuestro pueblo”. Más adelante, en el artículo 1.a, indica que esa ley está dirigida a: “Garantizar el más absoluto respeto por la libertad creadora, la expresión de las ideas y el derecho a divulgar la obra cinematográfica y condenar toda forma de discriminación lesiva a este principio, ya en el orden filosófico, científico, o en la de la fe religiosa”. Y sigue, en el artículo 1.d, señalando entre las potestades de esa comisión: “Estudiar y clasificar las películas que deban exhibirse en nuestro país, rechazando las de carácter pornográfico o las escenas que puedan clasificarse de tales, y los films que sin análisis crítico ni intención artística alguna, se conviertan en apología del vicio y del crimen; y autorizando el resto de la producción según una escala de exhibición por edades, en atención a principios educacionales perfectamente claros y razonados”.

Las potestades de tal Comisión se fundieron en buena medida con las del ICAIC. La investigadora María Eulalia Douglas refiere que, en 1960, “el Consejo de Dirección del ICAIC dicto la Resolución No. 119, de noviembre 16, que prohíbe la exhibición pública o privada de 87 filmes extranjeros, considerados de “ínfima calidad técnica y artística, cuyo contenido y tendencia reaccionarios resultan deformantes de la historia y la realidad.” No obstante, es esa Comisión la que, en 1961, decidió el no otorgamiento del permiso de exhibición para PM, un corto documental realizado para la televisión, y reeditado con la intención de exhibirlo en las salas de cine. Un texto consultable en la Cinemateca de Cuba, del 30 de mayo de 1961, indica que la Comisión de Estudio y Clasificación de Películas, resolvió que “la cinta denominada P.M., técnicamente dotada de valores dignos de consideración, ofrecía una pintura parcial de la vida nocturna habanera que, lejos de dar al espectador una correcta visión de la existencia del pueblo cubano en esta etapa revolucionaria, la empobrecía, desfiguraba y desvirtuaba”, y por ello decide, “en uso de sus facultades, prohibir la exhibición de la película mencionada dentro del territorio nacional”.

La posterior proyección y el debate de PM, convocado por el propio ICAIC, en la Casa de las Américas, después de determinar su censura, fue la antesala de una serie de reuniones presididas por Fidel Castro –a las que asistieron artistas, directores de medios y funcionarios del gobierno– que ocuparon la Biblioteca Nacional, los días 16, 23 y 30 de junio del mismo 1961. Las intervenciones de Castro se publicaron bajo el título de Palabras a los intelectuales, un documento que condenaba toda creación artística que expresara un punto de vista diferente al oficial. La frase concluyente: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, estableció las reglas y definió la política cultural del gobierno en lo adelante.

PM nunca sería exhibido públicamente en Cuba hasta 1994. Durante la edición número 16 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, se incluyó dentro de un programa titulado “Una mirada al cine cubano”.

En lo adelante, los efectos de la censura dejaron de ser públicos. Al tratarse el cine en Cuba mayormente de producciones estatales, del propio ICAIC y, en décadas venideras, de otras instituciones, las decisiones de índole editorial comenzaron a ser tomadas hacia lo interno.

El largometraje Un poco más de azul fue guardado durante 51 años, hasta que en 2015 se estrenó en el programa “La mirada indiscreta”, del canal América TV de Miami, y más tarde fue exhibido en la Cinemateca de Cuba en La Habana. En palabras del propio Canel: “Un poco más de azul tendría que haber sido una película de tres cuentos dirigidos por documentalistas que comenzaban así su primer trabajo de ficción. Al igual que el primer cuento, Elena, de Fernando Villaverde, El final fue censurado por el Instituto de Cine, y nunca fue exhibido. (…) Había sido la primera vez que el cine cubano se atrevía a dramatizar el éxodo de la clase media cubana ante las medidas socializantes del régimen castrista.”

En esa década, las películas de realizadores como el propio Canel y de Villaverde, que decidieron abandonar el país, dejaron de exhibirse; entre ellas, Desarraigo (1965) y Papeles son papeles (1966), ambas de Canel. También, por la misma causa, dejaron de verse en cines El bautizo (Roberto Fandiño, 1967), La ausencia (Alberto Roldán, 1968), Tránsito (1964), Un día en el solar (1965) y El huésped (1966), estas tres últimas de Eduardo Manet.

El destacado director de fotografía y crítico de origen ibérico, Néstor Almendros, quien había sido expulsado de la revista Bohemia por celebrar PM, y que realizara un par de cortos para el ICAIC, vió censurado su corto documental Gente en la playa (1960), realizado de manera independiente como un ejercicio de free cinema, estilo que era desaprobado por el Instituto.

Durante la época en que Alfredo Guevara y Julio García Espinosa presidieron el ICAIC (en concreto, entre la fundación del instituto en 1959 y el 2000), la Presidencia de la institución decidía qué filme cubano exhibía y cuál no. Durante los 60 y 70, varias películas documentales fueron guardadas o no exhbidas. Es el caso de De bateyes (1971), de Sara Gómez, y Coffea arabiga (1968) y Taller de Línea y 18 (1971), ambos de Nicolás Guillén Landrián. Este realizador en concreto, reconocido hoy como uno de los mayores documentalistas de América Latina, y ya en los 60 laureado con premios internacionales, tras su expulsión del ICAIC en 1972, debió esperar a que la Muestra Joven ICAIC, a partir del año 2000, mostrara públicamente sus obras.

Películas de ficción como Techo de vidrio (Sergio Giral, 1981) y Un día de noviembre (Humberto Solás, 1972), debieron esperar varios años para merecer un estreno público, debido a que la dirección del Instituto no las consideró “oportunas” de acuerdo a la situación del país. A Giral, por ejemplo, le había sido vetada la exhibición de su corto La jaula, en 1964.

En la década de 1980, se aplica una política de apertura hacia temas antes vetados, así como un proceso de democratización de la toma de decisiones editoriales, con la formación de los denominados Grupos de Creación, que integraban los propios directores. También en este período aumenta la admisión de otros realizadores dentro del ICAIC, como los procedentes de Cine Clubes.

En ese panorama surge el Taller de Cine, fundado el 21 de junio de 1987, y formado por jóvenes procedentes de varios de esos escenarios de creación, quienes comenzaron a aproximarse al elitista ICAIC en roles de asistentes, sobre todo. Ellos produjeron obras que eran vistas en el festival Cine Plaza, en las muestras de los cineclubes o en proyeciones reducidas. De entre los episodios de censura de este período sobresale la obra de Marcos Antonio Abad, director de los cortos Ritual para un viejo lenguaje(1988) y Ritual para una identidad (1989).

Asimismo, varias de las ediciones del Noticieron ICAIC Latinoamericano del período de finales de los 80 e inicios de los 90, hasta su desaparición en 1991, fueron guardadas o no exhibidas.

Precisamente en 1991 sucede uno de los casos mas bochornosos del ejercicio de censura sobre el cine en la historia cubana. Tras el estreno de la producción Alicia en el pueblo de Maravillas (Daniel Díaz Torres), las autoridades del Partido Comunista y gobierno decidieron atacarla en los medios y boicotear su exhibición. Tras dos semanas de proyecciones, el largo, producido por el ICAIC, fue retirado de los cines. Un decreto oficial se publicó en la prensa, decidiendo la desaparición del ICAIC y su fusión con el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Un grupo de prestigiosos cineastas, que incluyó a Alea, Solás y Santiago Alvarez, encabezó la oposición a la medida, que fue revocada.

Más adelante, la opera prima de Arturo Sotto, Pon tu pensamiento en mí (1995), fue atacada en la prensa y por algunas instituciones políticas, de ahí que su exhibición normal tuvo que esperar hasta después de 1998.

Con el inicio del siglo XXI y la emergencia de un cine independiente de las instituciones y de los criterios editoriales del Estado, la lista de obras censuradas o invisibilizadas aumenta. Varios cortos, sobre todo documentales, han encontrado reparos durante su paso por la Muestra Joven ICAIC, espacio creado por esa institución en 2000 para acoger la creciente producción de nuevos realizadores.

Un caso muy conocido fue el de Revolution (Mayckel Pedrrero, 2010). Exhibido en la Muestra Joven de ese mismo año, provocó presiones sobre el jurado y el comité organizador, aunque acabó mereciendo el máximo lauro en su categoría. A pesar de ello, no pudo exhibirse más de dos veces.

A partir de ese año y a través de la década presente, se vuelve muy común que películas cubanas que aparecen en competencia dentro del Festival de Cine de La Habana y en otras muestras y certámenes, no sean estrenadas. Este fenómeno se ceba en especial sobre los largometrajes de produccion independiente y sobre los documentales.

Molina´s Ferozz (Jorge Molina, 2010) y Memorias del desarrollo (Miguel Coyula, 2010) pasaron por ese trance. La de Molina participó en la competencia del Festival, mientras que la de Coyula se ubicó fuera de concurso. La segunda resultó escogida como mejor película cubana del año por la International Film Guide y obtuvo premios tanto dentro como fuera de Cuba. No obstante, fue excluída del Festival de Cine Latinoamericano de Beirut, debido a reclamos del embajador cubano en ese país, y también sacada de una Muestra de Cine Cubano en Corea del Sur, organizada por el ICAIC.

A partir de 2014, hay varios largos de ficción y documentales sin estreno en Cuba. No están censurados oficialmente, pero tampoco se los promueve o programa en los medios públicos. Es el caso de Espejuelos oscuros (Jessica Rodríguez), Caballos (Fabián Suárez), El tren de la línea norte (Marcelo Martín) –primer largo documental cubano elegido para la sección competitiva del FINCL desde 2008 y ganador en su categoría en el Festival de Cine Pobre 2016 de Gibara– y La obra del siglo (Carlos Machado) –película galardonada en diferentes festivales internacionales y la única de esa lista que mereció un galardón del jurado en el Festival de La Habana, todas de 2015. Además de Jirafas (Enrique Álvarez, 2014), Melaza (Carlos Lechuga, 2014), con un estreno muy limitado (de apenas cinco días en una sala pequeña de La Habana), y los documentales de largometraje El tío Alberto (Marcel Beltrán, 2016), y Pablo Milanés (Juan Pin Vilar, 2016), ganador en su categoría en el Festival Internacional de Cine de Gibara, Cuba.

Filmes de cineastas y documentalistas como Enrique Colina (La vaca de mármol, 2013), Eduardo del Llano (Monte Rouge, 2004), Juan Carlos Cremata (Crematorio, 2013), Ián Padrón (Fuera de liga, 2003, no estrenado hasta 2008), Miguel Coyula (Nadie, 2017) y Ricardo Figueredo (La singular historia de Juan sin Nada, 2016), son retirados de circulación o simplemente no se exhiben. Con ello, se viola la Ley 169 de 1959, de creación del ICAIC, la cual indica que esa institución tiene la obligación de “organizar, establecer y desarrollar la distribución de los films cubanos o de coproducción”. Su artículo decimoprimero reza: “El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos se encargará asimismo de promover la distribución de los films cubanos en el mercado nacional en una forma organizada y sistemática…”

El caso mas sonado de censura en tiempos recientes es el de Santa y Andrés (Carlos Lechuga, 2016).  Narra la historia de un escritor condenado al ostracismo en los años setenta, que se inspira en la experiencia del poeta holguinero vivo Delfín Prats. La censura de Santa y Andrés fue una decisión ministerial, dada a conocer en noviembre de 2016, a raíz de su candidatura a la competencia oficial del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Ese veto no solamente le impidió participar de la competencia, sino que además prohibió su exhibición en territorio nacional. A pesar de ello, Santa y Andrés ha tenido un significativo recorrido internacional y ha merecido tres decenas de premio internacionales, así como distribución en diversos territorios.

Pavel Giroud, director de El acompañante (2015), largo independiente estrenado en octubre de 2016 pese a tratarse de un título cuyo tema –el confinamiento y represión de los primeros contagiados con el SIDA en Cuba– no agradaba a mucha gente, y que representó al país en los premios Oscar y Goya, tiene una posición muy clara al respecto: “Yo sé que a muchos funcionarios cubanos no les gusta El acompañante, pero lo que se ha hecho con la película es lo que ha de hacerse con todas: no aplaudirla si eso quieren, pero no silenciarla, porque, a fin de cuentas, se ha demostrado que ya el cine es como el agua, que siempre encuentra la fisura para llegar a una pantalla, aunque sea de cinco pulgadas.”

CONVOCATORIA

(AUDIOVISUALES)

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